El rey y la dama

Fijo casi sin poder hacer nada.

Donde sus movimientos son tan limitados.

Donde se ve rodeado de cuadros de colores suaves y oscuros.

Sus pasos son para protegerse y muy pocas veces para atacar.

La dama ágil, suave y flexible.

Sus tácticas son más ruda, ilimitada.

Su perdida se siente, se sufre y te quiebra.

El rey sabe que el enroque no le basta.

Que su debilidad es infinita, que sin ella se derrumba fácilmente.

Ella, dama, sumisa pero a la vez con jugadas de prisa, protectora e inteligente.

Callada, pero cuando se decide por algo lo hace, lo intenta y se la juega.

Su juego es relativo.

El del rey absoluto.

El de ella amplio.

El de él estricto.

Sus atacantes saben llegar a él, pero con ella todo no parece fácil.

Sostenedora de toda defensa y cuidadora de toda pieza.

Rey rígido, particular, su presencia es casi invisible en el juego.

Su poder en el centro del tablero y en las ultimas jugadas es imponente.

Descuidado en ocasiones cuando se ve descubierto.

Donde su única opción es pasear para evitar morir.

Tratando de zafar, tratando de ocultarse.

Sus mayores miedos son las sombras de las piezas contrarias.

Su ansiedad es ver coronada otra dama, ganar.

Los miedos de ellas son sutiles, su accionar brutal, casi en perfección.

Sus objetivos son más grandes que sus temores.

La ansiedad de ella es tener espacio para no ahogarse con sus pares.

Ella va, él se queda.

En fin, ellos complementarios, los dos suman y no restan.

Se necesitan mutuamente y sus ansiedades son las mismas.

Su enemigo el tiempo.

Sus aperturas lentas.

Su agresividad mutua.

Rey, inalterable, invariable e inmóvil.

Dama, activa, atlética y guerrera.

No cambian, siguen fiel al tablero y alimentan su juego.