La fatal arrogancia: Las 3 cosas más relevantes del último libro de Friedrich von Hayek

Friedrich August von Hayek fue un filosofo, jurista y economista austriaco. Nació en 1899 en Viena y participó en la 1GM; luego de ese acontecimiento estudio ciencias jurídicas y sociales en la Universidad de Viena y, además, curso estudios en filosofía y economía. Es principalmente conocido por su defensa al liberalismo y por sus critica a la economía planificada y al socialismo, en el cual, considera que es un peligro para la libertad individual y conduce al totalitarismo.

En éste, su ultimo libro, la idea esencial de Hayek es que el socialismo constituye un error fatal de orgullo intelectual, o si se prefiere, de arrogancia científica, porque lógicamente hablando es imposible que aquel que quiera organizar o intervenir en la sociedad pueda generar y hacerse con la información o conocimiento que se precisa para llevar a cabo su deseo voluntarísta de mejorar el orden social. En efecto, según Hayek, la sociedad no es un sistema “racionalmente organizado” por ninguna mente o grupo de mentes humanas, sino que por el contrario, es un orden espontaneo, es decir, un proceso de constante evolución, resultado de la interacción de millones de seres humanos, pero que no ha sido ni nunca podrá ser diseñado consciente o deliberadamente por ningún ser humano.

Hecho esta pequeña introducción, vamos a pasar a los 3 puntos más importantes que plasmo es su ultimo libro “La fatal arrogancia” que lo escribió en 1988 a la edad de casi 90 años:

  1. Entre el instinto y la razón

Los esquemas de convivencias basados en los instintos son totalmente incapaces de abordar las peculiaridades y envergadura de un orden moderno. Sin embargo, esto mismos instintos genéricamente adquiridos son los que ayudaron a nuestros antepasados a coordinar sus actividades, pero se trataba de una cooperación que solo podía abarcar un limitado conjunto de sujetos donde había un trato directo, de confianza mutua y unos determinados fines que perseguían. Dicho esto, de no haber surgido nuestro “orden actual”, resultaría difícil incluso imaginar que dicho tipo de colaboración fuera posible: Estas son las normas reguladoras de la conducta humana plasmadas por vía evolutiva las que generan tanto la intima estructura de ese peculiar orden como el tamaño de la población actual. Tales esquemas normativos se basan en tradición, el aprendizaje y la imitación más que en el instinto y consisten fundamentalmente en un conjunto de prohibiciones (“no se debe hacer tal cosa”) en virtud de las cuales quedan especificados los dominios privados de los distintos autores. Pero esas normas constituyen una moral diferente porque se encamina a reprimir la “moral natural”, es decir, ese conjunto de instintos capaces de aglutinar a los seres humanos en agrupaciones reducidas, asegurando en ella la cooperación a costa de entorpecer o bloquear su expansión.

El citado orden es incluso “anti-natural” en el sentido más usual del termino, es decir, en el de que no concuerda con la dotación biológica de la especie humana. La popularidad de la idea según la cual “siempre es mejor cooperar que competir” demuestra un total desconocimiento de la función ordenadora del mercado. Porque la cooperación, al igual que la solidaridad, solo son posibles si existe un amplio consenso no solo en cuanto a los fines a alcanzar, sino también en lo que atañe a los medios que han de emplearse. Es la renovada competencia, y no el consenso, lo que aumenta cada vez mas nuestra eficiencia.

La mente no es guía sino más bien producto de la evolución cultural y se basa más en la imitación que en la intuición y la razón. Nuestra capacidad de aprender por imitación es uno de los logros mas fundamentales del largo proceso de evolución de nuestros instintos. De aquí viene la idea de ir en contra de cualquier planteamiento que se incline a “la arrogancia fatal”: Esa idea según la cual solo por vía de la razón pueden alcanzarse nuevas habilidades. La realidad no puede ser mas opuesta, ya que también la razón es fruto de la evolución, al igual que nuestros esquemas morales, aunque con un distinto desarrollo evolutivo. No podemos intuir a la razón en arbitro supremo ni sostener que deban ser consideradas validas tan solo aquellas normas que logren superar la prueba de la razón. Las cuestiones que ocupan nuestra atención deben quedar situadas entre el instinto y la razón.

Aprender a comportarse es mas la “raíz” que el el “resultado” de nuestra intuición, razón o entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad; Es preciso enseñarlas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos proceso de interacción humana propiciadores del ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no solo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas “tradiciones” (estas están entre el instinto y la razón) a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Mas que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.

Contribuye a nutrir tan ingenua pretensión ese equivocado enfoque ocasiones el denominado “racionalismo constructivista”, enfoque que, pese a carecer de todo fundamento. La idea que la razón, fruto de ese proceso, puede hoy determinar el curso de su propia evolución es inherente-mente contradictoria y fácilmente refutable. Es más inexacto suponer que el hombre racional crea y controla su evolución cultural que la suposición contraria de que la cultura y la evolución crean la razón.

Los argumentos erroneos o los intentos de introducir en el debate esa presunción racionalista que Hayek denomino cientismo o constructivismo son las sucintas definiciones de las cuatro lineas de pensamiento que suelen seguir los estudiosos de formación constructivista: Son el “racionalismo”, el “empirismo”, el “positivismo” y el “utilitarismo”; estos son los planteamiento que ejercieron gran influencia en el ultimo siglo y que representan el “espíritu científico de nuestra era”. Pero la moral tradicional no puede satisfacer las exigencias racionales. Las cuatro exigencias antes mencionadas -que no es racional lo que no pueda probarse, o no puede ser plenamente captado por la mente o carece de objetivos plenamente especificados o tienen efectos desconocidos- son admitidos por el racionalismo constructivista como también el ideario socialista.

Es por eso que los constructivistas o socialistas cometen una “fatal ignorancia” en cuanto que como somos incapaces de comprender plenamente las tradiciones morales y su funcionamiento, que al adoptarlas perseguimos objetivos que no es posible justificar plenamente con anterioridad, que su observancia produce efectos que no son inmediatamente observables y por lo tanto no se puede hacer que resulten beneficiosos, y en todo caso no es posible conocerlos y preverlos plenamente, no podrían ser aplicadas,

En este sentido las normas tradicionales son más inteligentes que nuestra propia razón, ya que nuestro conocimiento se desarrolla, no gracias a nuestras inmediatas experiencias, ni tampoco de la directa observación de las cosas o los acontecimientos, sino de un ininterrumpido proceso de análisis critico del cumulo de conocimientos que, a través de anteriores generaciones, nos han llegado. Esto exige entender que las tradiciones morales no pueden justificarse a partir de bases estrictamente racionales.

Es por ello que Hayek afirma que las tradiciones morales recibidas facilitan nuestra adaptación a la desconocida evolución de los acontecimientos. La capacidad de adaptación a lo desconocido constituye la clave de todo proceso evolutivo; y el conjunto de circunstancias a las que un orden moderno de mercado se ve obligado a ajustar su estructura es algo que nadie puede anticipar. La información que se encuentra a disposición de los individuos y las organizaciones en su intento de adaptar comportamientos a ese desconocido conjuntos de circunstancias es siempre de carácter parcial e incompleto y solo abordable a través de la interpretación de una serie de señales (es decir, el sistema de precios) que a través de la integración de largas cadenas de comportamientos individuales les van llegando a los distintos sujetos y cada uno de los cuales va añadiendo, a su propio modo, una combinación de datos y abstractas señalizaciones. La estructura del conjunto de comportamientos así generados tiende a adaptarse da través de estas señales parciales y fragmentarias, a unas condiciones que ningún individuo ha previsto o conocido.

Cada sujeto solo recurrirá a dicha información en la medida en la que vaya adoptando los comportamientos que corresponden a las especificas circunstancias que la afectan, tales como la escasez relativa de los factores que precisa utilizar.

Es por ello que el mercado es el único mecanismo descubierto hasta ahora capaz de facilitar a los diferentes actores esa información que les permite valorar las relativas ventajas de la alternativa utilización de aquellos recursos de cuya existencia y especificas características tienen conocimiento directo, y cuyo adecuado empleo redunda siempre, con independencia de la intención que motive al actor. Por propia naturaleza la información se presenta siempre dispersa por lo que no puede ser nunca transmitida ninguna autoridad para que la gestione.

2. El orden extenso y el aumento de la población

La generalizada opinión de que el crecimiento demográfico implica un progresivo empobrecimiento mundial simplemente es un error. Se trata de una injustificación de la teoría malthusiana de la población. La teoría de Thomas Malthus constituyo en su tiempo una buena aproximación al problema, peor en las actuales condiciones es inaplicable. La idea de Malthus según la cual el trabajo humano puede considerarse como un factor de producción más o menos homogéneo (es decir, que todos los salarios son iguales, empleados en la agricultura, con los mismos instrumentos e idénticas oportunidades) no estaba lejos de la verdad en el orden económico entonces existente (una economía basada teóricamente en dos factores). Para Malthus, que fue también uno de los primeros descubridores de la ley de rendimientos decrecientes, resultaba obligado concluir que cualquier aumento de la oferta de mano de obra lleva consigo la reducción de lo que hoy denominamos “productividad marginal” y consiguientemente, de la renta de los trabajadores, en especial cuando se ha alcanzado el optimo aprovechamiento de las tierras productivas.

Ahora bien, esos postulados han perdido toda vigencia en la cambiada realidad contemporánea, en la cual el trabajo no es ya homogéneo, sino que es diversificado y especializado. A medida que se intensifican los procesos de intercambio y se perfeccionan los medios de comunicación y transporte, el aumento demográfico no puede sino resultar favorable a la evolución económica, ya que favorece una más acusada diversidad laboral y una aun más elaborada diversificación y especialización, todo lo cual sitúa a la sociedad ante la posibilidad de aprovechar los recursos económicos antes inexistentes y elevar así la productividad del sistema.

La aparición de nuevas habilidades laborales sean estas naturales o adquiridas, equivale, de hecho, al descubrimiento de nuevos recursos económicos, muchos de los cuales pueden gozar de carácter complementario en relación debido natural tendencia de la gente a aprender y practicar esas nuevas habilidades, puesto que ellos les facilita el acceso a superiores niveles de vida, Cualquier zona más densa-mente poblada puede, por añadidura, recurrir a tecnologías que no hubieran sido aplicables de haber estado la región menos habitada.

Cuando la mano de obra deja de ser factor homogéneo de producción, no puede ya aplicarse las conclusiones malthusianas, siendo en tal supuesto posible incluso que un aumento de la población fomente la aparición de nuevos aumentos demográficos gracias a esa mas desarrollada diversificación de habilidades alcanzadas a nivel individual. La expansión demográfica puede así iniciar procesos de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en el factor fundamental que condicione cualquier ulterior avance de la civilizado en sus aspectos materiales o espirituales. No es el simple aumento de la población, sino una mayor diversidad de los individuos, lo que ha facilitado el acceso a una mayor productividad.

Hayek no niega que un aumento de la población pueda conducir a una reducción de los ingresos medios. Pero también esta posibilidad se interpreta erróneamente, error que deriva de comparar los ingresos medios de un numero de sujetos existentes y pertenecientes a distintos tramos de renta con los ingresos medios de una población posterior mas numerosa. La disminución del ingreso medio deriva del simple hecho de que un elevado aumento de la población implica generalmente un aumento proporcionalmente mayor en relación con los mas ricos. Pero de aquí no puede concluirse que todos tengan necesariamente que ser mas pobres como resultado de este proceso.

Dicho en otras palabras, si la base de la pirámide de ingresos crece más que su altura, el ingreso medio total sera menor. En definitiva, debemos concluir que que el proceso de crecimiento beneficia más al más amplio número de pobres que al más reducido número de ricos. El capitalismo aumento las posibilidades de empleo.

3. La religión y los guardianes de la tradición

¿Cómo pudo suceder esto? ¿Cómo pudieron transmitirse de generación en generación unas tradiciones que a veces resultaban incomodas e incompresibles, cuyos efectos por lo general era imposible apreciar y prever y contra las que, incluso, se combatió apasionadamente? ¿Cómo pudieron vencer la fuerte oposición del instinto y, mas recientemente, de los ataques de la razón? Aquí es, precisamente, donde interviene la religión.

Al igual que las cualidades genéticas, las culturales no se transmiten automáticamente. Hayek decía que debemos en parte a las creencias místicas y religiosas -especialmente a las monoteístas- el que las tradiciones beneficiosas se hayan conservado y trasmitido al menos durante el tiempo necesario para los que los grupos que las aceptaron pudieran desarrollarse y tuvieran la oportunidad de extenderlas a través de la selección natural o cultural.

Esto significa que, nos guste o no, debemos en parte la persistencia de ciertas prácticas, y la civilización que de ellas resulta, al apoyo de ciertas creencias de las que no podemos decir que sean verdaderas (o verificables, o constatables científicamente y que no son fruto de la razón). Incluso aquellos, donde se incluía Hayek, que no están dispuestos a admitir la concepción antropomórfica de una divinidad personal deberían reconocer que la prematura perdida de lo que calificamos de creencias no constatables habría privado a la humanidad de un poderoso apoyo en lo largo del proceso de desarrollo del orden extenso del que actualmente disfrutamos y que, incluso ahora, la perdida de creencias, verdaderas o falsas, crearían graves dificultades.

En todo caso, la visión religiosa según la cual la moral esta determinada por procesos que nos resultan incomprensibles es mucho más acertada (aunque no exactamente en el sentido pretendido) que la ilusión racionalista según la cual el hombre, sirviéndose de su inteligencia, invento la moral que le permitió alcanzar unos resultados que jamas habría podido prever. Si reflexionamos sobre esta realidad, podemos comprender y apreciar mayor a aquellos clérigos, que en cierta medida escépticos respecto a la validez de algunos de sus doctrinas, persisten no obstante en enseñarlas ante el temor de que el abandono de la fe conduzca a una degeneración de la conducta moral. Decía Hayek, que no les faltaba razón, y hasta el agnóstico tendrá que admitir que debemos nuestros esquemas morales, así como la tradición que no solo ha generado la civilización, sino que ha hecho posible nuestra supervivencia, a la fidelidad a tales requerimientos, por mas infundados científicamente que puedan parecernos.

La innegable conexión histórica entre la religión y los valores que originaron y siguen sosteniendo nuestra civilización, tales como la familia y la propiedad privada, no significa sin embargo que exista una conexión intrínseca entre lo religioso y esos valores. Entre los fundadores de religiones a lo largo de los dos últimos milenios no han faltado quienes se opusieran a la propiedad y a la familia, pero las ultimas religiones que han sobrevivido han sido aquellas que defienden ambas instituciones. Tal es la razón de que parezca poco prometedor el fruto del comunismo, contrario como es tanto a la propiedad como a la familia (y no menos a la religión).

¿Cómo puede la religión contribuir a preservar las costumbres benéficas? Aquellas costumbres cuyos beneficiosos efectos escapaban a la percepción de quienes las practicaban solo pudieron conservarse durante el tiempo suficiente para demostrar su positiva labor selectiva en la medida en que pudieron contar con el respaldo de fuertes creencias en poderes sobrenaturales o mágicos que contribuyeron efectivamente a desarrollar esta función. Cuando el orden de la interacción humana se hizo más extenso, cercenando de este modo las exigencias de los instintos, dicho orden pudo mantenerse durante algún tiempo debido a su completa y continua dependencia de ciertas creencias religiosas falsas razones que influyeron sobre los hombres para que estos realizaran lo que exigía el mantenimiento de una estructura capaz de alimentar a una población mas numerosa.

Plasmado lo anterior, Hayek declara abiertamente que se considera incapacitado tanto parar negar como para afirmar la existencia de ese Ser sobrenatural que denominan Dios. La concepción de un Ser que actúa a la manera de los hombres o de la mente humana la considera más bien producto de la arrogante sobre-estimación de las capacidades de nuestro intelecto.

Finalmente, concluía, que tal vez lo que muchos pretenden expresar al hablar de Dios es justamente una personificación de esa tradición de la moral o de los valores que hizo que su grupo pudiera sobrevivir. La fuente del orden que la religión adscribe a una divinidad concebida antropomorficamente (el mapa o guía que enseña a moverse con éxito dentro de la totalidad) podemos ahora interpretarla como algo no al margen del mundo físico sino como una de sus características, demasiado compleja para que cualquiera de sus partes pueda ofrecer una imagen o un diseño de la misma.