Yo lectómano

En un rincón casi apagado te encontrás leyendo letras inglesas, viajando a mundos desconocidos, tratando de no volver y ocultando los miedos más jodidos.

Alejado de toda pantalla absorbedora de sentimientos y emociones, jugando al sabio y no al necio, tratando de olvidar ciertos recentimientos.

A veces enojado a veces exaltado, te ves, y en vez de escucharte te escondes en esas frases estoicas que te gritan “persevera”, sabiendo que, más aún, en la otra vereda frases hedonistas que te tiran y empujan a merced de un consciente que es inepto a la hora de controlarlas.

Querés jugar pero de repente un signo de exclamación indicándote con términos culposos que no debes perder el tiempo porque una vez que lo soltás las agujas del reloj no tiene compasión y giran sin preguntar ni pedir permisos.

Allí sentado estás, bebiendo quizás un vaso de una trasparente y aburrida agua, que una vez sin querer, o tal vez queriendo, una vez dio vida, pero que aun así en ese instante tu mente divaga y no se pregunta esas cosas, solo los ojos prestas atención a un montón de espacios y rubricas plasmadas en un papel de un color blanco tenue.

En silencio estás, sin titubear ni emitir sonido solo corriendo los ojos para un lado y para el otro, tratando de apagar pensamientos infinitos con aquellas letras extranjeras que sirven como el “switch off” de la mente.

Y a veces no comprendes o jamás te pudiste responder a tal pregunta de porque tal vicio, porque ese y no aquel, porque letras y libros, y no alcohol y cigarrillos. Saltas de preguntas en preguntas, sin saber quizá algunas de sus respuestas, vagás en un mundo extraño, casi incierto, imaginario.

Y no sabes si seria un mal vicio o una virtud, pero en esos momentos si interpretas que cuando se cierran esas hojas y el rincón se apaga absolutamente y te separas de la pared llena de aromas añejos de hojas y libros antiguos, sabés que los pensamientos no tienen límites y empiezan aflorar sin parar.

Jugás a ser héroe cuando los abrís, sin embargo, cuando se aproxima la hora de dormir y de apartarse de ellos, aparecen esos viejos miedos, incontrolables por momentos, en noches con frías brisas y continuos recuerdos.

Y te das cuenta que las lecturas requieren soledad y silencio, requieren la antisocialibilidad y, tal vez, un poco de históricas memorias.

Pasando los días te das cuenta de la gravedad de la situación, sabes que no querés volver a ese rincón, que a pesar de que te apetece y la culpa te golpea, sabes que los espacios existen entre los estímulos y las respuestas.

Espacios donde es mejor frenar y reflexionar, con determinadas preguntas y con respuestas rápidas, sin escuchar el ronroneo de antiguos pensamientos.

Y es ahí donde las luces se encienden e impera el equilibrio, dejado que los vicios se apaguen y las noches se calmen.

Es ahí donde ya podes decir que no sos de esas personas que tienden a la lectomania y que a pesar de sus jugosas aportaciones, la locura y el abismo esquizofrenico se los ve muy lejos.

Es allí donde las energías se apaciguan y la vida con sus pensamientos se filtran y se convierten en productivos. Es en ese momento donde descubrís ese potencial dibujado en la realidad. Te ves disfrutándolos.